Idolatrías y papeles de Cajatambo, siglo XVII

Extirpación de idolatrías, Cajatambo

Pierre Duviols, Procesos y visitas de idolatrías. Cajatambo, siglo XVII, Lima, Pontificia Universidad Católica del Perú-Fondo Editorial, Instituto Francés de Estudios Andinos, 2003, 882 pp.

 por Juan Carlos García Cabrera

 

Vanidad de vanidades, dijo el Cohelet;
vanidad de vanidades, todo es vanidad.
(Eclesiastés, 1, 2)

Se dice que solemos tropezar dos veces con la misma piedra. Este dicho puede aplicarse al libro que nos ocupa. Procesos y visitas de idolatrías no es más que una reedición algo actualizada y corregida de la obra que casi con el mismo nombre publicó Pierre Duviols en 1986[1]. Aquella publicación tuvo su importancia, pues permitió a los investigadores tomar contacto directo con los entonces misteriosos procesos de idolatrías.

Empero lo que antaño fue bueno el tiempo lo marchita. La edición de 1986 tenía ya el serio defecto de publicar sólo trozos de la documentación. Esto, que para un historiador es bastante molesto, en aquella época se disimulaba pues no contábamos con otra cosa. Sin embargo, la publicación parcial de procesos judiciales en los que es tan importante conocer el curso de las acusaciones, recusaciones e incidencias, los personajes y los contextos, convertía al libro en una colección de anécdotas con tinte etnográfico. A gusto del autor o el lector interesado en las supervivencias de las creencias prehispánicas. O en las supuestas tropelías y abusos de los funcionarios eclesiásticos. Ni que decir que esto suscitó la posibilidad de la banalización, tal como usaba esa palabra Julio Caro Baroja: dar respuestas fáciles a problemas complejos. Lamentablemente esta nueva edición repite el mismo error. Tras un necesario retoque paleográfico, los documentos han vuelto a ser publicados de manera fragmentaria. ¿De qué nos puede servir, pues, esta antología de trozos de papeles, pedazos inconexos de una realidad compleja? De poco, o mejor decir, de nada. Maculatura histórica para el museo del absurdo[2].

Como en 1986, el libro va en esta ocasión también dividido en partes claramente diferenciadas: el grueso lo constituyen los procesos de idolatrías del bachiller Bernardo de Noboa en la zona de Hacas y Mangas y el juicio de los indios contra él; la Relación de Fernando de Avendaño de 1617, fragmentos de la carta anual de 1618 sobre las misiones jesuitas en la zona de Cajatambo, una reedición de las visitas de Rodrigo Hernández Príncipe y un anexo con un estudio lingüístico de los textos en quechua presentes en la documentación, a cargo de César Itier. A lo que se suma el estudio introductorio del volumen, en el que Duviols pasa revista a los principales problemas que han ocupado a los amigos de esta historia: la legislación, los libros y las mentalidades, los jesuitas, las órdenes religiosas, el contexto de algunos juicios y el papel de los actores -quizás lo más logrado de este estudio-, etc. Aunque poco hay de nuevo que escarbar de estas páginas, los planteamientos son conocidos, al igual que la bibliografía, la nueva documentación brilla por su ausencia. La terminología también es confusa: ¿qué puede significar la “Nueva Extirpación”? No existió ninguna nueva ni vieja extirpación, sencillamente no tuvo adjetivos. De hecho, no existió ninguna institución antiidolátrica ni una Inquisición para indios. Las visitas de idolatrías que intentó sistematizar el arzobispo Lobo Guerrero no son otra cosa sino la manifestación de una postura más o menos rigurosa respecto de los principios tridentinos y no asombra ver metidos en ello a los jesuitas y al Estado. Vinieron condicionadas por el estado de la evangelización que el prelado encontró, el fracaso en la enseñanza de la doctrina, el bajo nivel del clero, la presencia ubicua de ritos y cultos prehispánicos en los pueblos de la serranía ante la desidia de curas y autoridades. La evangelización en el siglo XVI peruano fue accidentada, la construcción del sistema eclesiástico, tortuosa. Lobo Guerrero pretendió hacer una política que actuase como revulsivo de estos problemas. Pero las medidas adoptadas no se apartaban en lo esencial de las directivas ya pergeñadas en el III Concilio limense, al cual el prelado admiraba. Había que hacer cumplir la normativa. Duviols señala con acierto el papel central del prelado en las campañas de 1609-1622 y los antecedentes novogranadinos del problema. Pero nos retrotrae a bibliografía de los años sesenta del siglo pasado. Ignora la publicación de las cartas de Lobo Guerrero, una pieza de análisis esencial, que muestra claramente las diferencias y similitudes de los proyectos colombiano y peruano, que, de paso, deja barruntar la larga mano de los jesuitas en toda esta historia, tanto en la génesis como en el proyecto de amplio alcance de la orden misma[3].

Pero hay otro problema que obsesiona a Duviols: Francisco de Ávila. Unas buenas páginas van dedicadas a discutir con Antonio Acosta el tema de la inocencia o culpabilidad del ilustre clérigo cuzqueño ante las acusaciones de los indios y su rol en la historia. Encontrar aquí esta discusión sobre las desafortunadas afirmaciones del panfleto escrito en su día por Acosta es sorprendente. La biografía de Francisco de Ávila de Antonio Acosta nunca pretendió aclarar la verdad histórica del personaje, sino solamente aplicar a la historia peruana los prejuicios antieclesiásticos de la izquierda boba española[4]. Para ello se basó solamente en la lista de acusaciones y en una gran cantidad de desvergonzadas tergiversaciones. El trabajo de Acosta me recuerda siempre el chiste de Schopenhauer, quien afirmaba que mala es la ciencia sin hacienda y servil la tarea de ganarse el pan con lo que se escribe. Pero decía yo arriba que es raro encontrar esta discusión aquí, en esta introducción de Procesos y visitas de idolatrías. Porque resulta que fue el propio Duviols quien dio inicio a las sospechas sobre la conducta y la persona de Francisco de Ávila: él fue el primero en introducir el confuso tema de las fechas del juicio y las fechas que señala el sacerdote en su famosa Prefación, y fue Duviols quien sugirió que Ávila había tergiversado el orden de los acontecimientos para ocultar su venganza de la acusación de los indios. Fue Duviols quien el primero presentó a Ávila como un mentiroso y manipulador[5]. Y en esta introducción se lanza a defenderlo de las banalizaciones de su alumno más aventajado. Lágrimas de cocodrilo, pues, y con el agravante de que transcurridos tantos años el maestro francés aún no ha podido leer el juicio contra Francisco de Ávila que se conserva enterito en el Archivo Arzobispal de Lima. El caso es que ese juicio muestra como mínimo lo contrario de lo que se ha venido afirmando. La discusión sobre la personalidad de Ávila y su papel en los sucesos de 1609 amerita un estudio, sin lugar a dudas, pero involucrando la publicación del juicio mismo y documentación anexa.

En conclusión, se dice que a los viejos amores es mejor dejarlos enterrados en el baúl de los recuerdos. Quizás con los libros pase lo mismo.

Notas

[1]  Cultura andina y represión. Procesos y visitas de idolatrías y hechicerías. Cajatambo, siglo XVII, Cuzco, Centro de Estudios Rurales Andinos “Bartolomé de Las Casas”, 1986.—>

[2] Modestamente, publiqué en 1994 íntegramente todos los documentos de idolatrías de Cajatambo que Duviols no había tocado, con la esperanza de esta segunda edición de Cultura andina y represión que, según se rumoreaba entonces en el IFEA de Lima, era inminente. Tenía la esperanza de que ese nuevo libro nos ahorrase el arduo trabajo de volver a transcribir íntegramente los abultados expedientes de Noboa. Bien errado que andaba. Ver García Cabrera, Juan Carlos, Ofensas a Dios, pleitos e injurias. Causas de idolatrías y hechicerías, Cajatambo, siglos XVII-XIX, Cuzco, Centro de Estudios Regionales Andinos “Bartolomé de las Casas”, 1994.—>

[3] Cartas de Lobo Guerrero en Mantilla Ruiz, Luis Carlos, Don Bartolomé Lobo Guerrero, inquisidor y tercer arzobispo de Santafé de Bogotá, 1599-1609, Bogotá, Academia Colombiana de la Historia, 1996. Un interesante trabajo sobre los movimientos a nivel global de los jesuitas en los primeros años del siglo XVII en Piras, Giuseppe, Martín de Funes S. I. (1560-1611) e gli inizi delle riduzioni dei gesuiti nel Paraguay, Roma, Edizioni de Storia e Letteratura, 1998.—>

[4] Ver Acosta, Antonio, “Francisco de Ávila. Cusco 1573 (?)-Lima 1647”, en Taylor, Gerald, Ritos y tradiciones de Huarochirí del siglo XVII, Lima, Instituto de Estudios Peruanos, Instituto Francés de Estudios Andinos, 1987, pp. 551-616. Del mismo autor también: “El pleito de los indios de San Damián (Huarochirí) contra Francisco de Ávila, 1607”, Historiografía y Bibliografía Americanistas, XXIII, Sevilla, 1979, pp. 1-31.—>

[5] “Aunque pretende que los indios de su parroquia iniciaron un proceso contra él como venganza por haber denunciado sus idolatrías, el examen de los datos parece probar que el orden de los acontecimientos fue inverso”. Duviols creía que Ávila conocía los ritos de los indios ya antes de 1608, pero los callaba por conveniencia: “el mismo descubrimiento, con todo lo que supone de sorpresa, es el que conviene que sea puesto en duda”. Estas tesis de Duviols fueron desarrolladas por Antonio Acosta en la biografía mencionada arriba (ver Duviols, Pierre, La destrucción de las religiones andinas durante la Conquista y la Colonia, México, Universidad Nacional Autónoma de México, Serie Historia General Nº 9, 1977, pp. 211-212; también del mismo autor, “Estudio biobibliográfico de Francisco de Ávila. Documentos”, en Arguedas J. M., ed. y trad., Dioses y hombres de Huarochirí, Lima, Museo Nacional de Historia, Instituto de Estudios Peruanos, 1966, p. 235).—>